martes, 1 de febrero de 2011

Religión

Brilla el alma de azabache que encierra, entre sus perlas habla, suena. Se oye el mar en su melena, que sin querer se me enreda, en estos pensamientos que permanecer debieran en el más frío silencio. Que mi deseo encierra, en la gruta oscura de un sueño, el sol de verano durante este largo invierno. Porque corre por mis piernas un pájaro que vuela y pica la madera de mi corazón carcomido, y vuela por mi cabeza una piedra que tira la puerta abajo, donde se esconden estas letras. Su pecho, hecho de candela, esculpido en cera que se derrama por tus caderas, huele y sabe a canela. Que no daría yo porque allí me recibieras, y recogieses estos huesos entre tu carne trémula mecidos bajo tu piel tersa. Eres deseo y eres pena… qué tristeza esta belleza que solo a mí se entrega, pues nadie como yo aprecia besar por el camino en el que tu sombra pasea. Navega, y despliega mi vela, sé el mástil al que me ate ante el canto de las sirenas, enséñame la roca en la que rompen las aguas serenas de esta marea que se está sumiendo en tormenta y calma el vendaval que mi barca zarandea.

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