- Hemos llegado, date prisa. Hay gente esperando.
Sabía a lo que había venido, pero me iba a tomar mi tiempo.
- Estamos sólos.
Sonreía con los ojos desilusionados, y las cicatrices que cruzaban su frente se habían ido prolongando tanto como el rato que llevaba allí.
Cada vez me devolvía un rostro menos amable.
No cabe lugar a la nostalgia, así seguimos avanzando, escapando del reflejo en los ojos de nuestros semejantes.
Echaba de menos la monótona sintonía del ascensor, que hace menos incómodo el mirar hacia otro lado.
Reinaba el silencio, abriendo paso a los recuerdos que quedaban atrapados en el eco, retumbando.
Era el momento. El taburete estaba claramente indicado en el medio.
No invitaba a reposar, ni a sentarse...
- Ya descansaré más tarde.
Desde arriba alcancé a ver durante un instante, justo antes, la cola del matadero.
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