miércoles, 17 de febrero de 2010
Alguna vez
De repente me dice que sí y se va, y me quedo en blanco, sin saber qué decir o cómo contraatacar hasta que se ha ido, y la veo a lo lejos presumiéndome su culo ante mi cara estupefacta. Me parece estupendo, me deja cuando más la necesito, cuando más ganas tengo de besarla… o eso quizás, fue después de haberla perdido. Eso pasa, es la Ley de Murphy (la culpa es suya) ―digo mientras doy la vuelta a la tostada por la parte untada. Pensándolo más detenidamente, aún sigo sin saber qué contestarle. Supongo que un ahogado “pues tú más” con un ademán de la mano, en un intento por no patalear y tirarme al suelo exigiendo su atención. Mirémoslo por el lado positivo, al menos conservo algo de dignidad, esta noche dormiré tranquilo. No soporto solo poder ver ya su silueta, qué asco de todo, el mundo se ha puesto en mi contra, nada vale la pena. ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Qué sentido tiene esta mísera existencia? Me cago en mi puta vida. Vuelvo a buscarla con la mirada y me encuentro con su sombra. Agacho la cabeza y me acuerdo de mis pies allí, hundidos en el barro; y del frío que se cuela entre la ropa. Soy gilipollas, no me queda otra que resignarme… Y empezar a correr.
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