Me vuelvo y te miro, con mi verde epicúreo en tu castaño opaco. No digo nada, solo parpadeo y parece que se interponen unos granos de milésimas de segundo, en las visagras de nuestra sonrisa parca. Y te recibo en mi espalda como una carga muerta de la que no me puedo deshacer con tan sólo ir hacia delante. Pero eso ya no importa, me he decidido a mostrar mi rostro más arrogante ante la temeridad de caminar a tientas por este mañana incierto. Aunque me ametralles con tus pensamientos personales y el desamor; contra las tapias de la soledad y las trabas furtivas por las que me mutilé sin saber de qué debía escapar… aquí he llegado, y mientras me cuide de tu sombra, me aleje de tu recuerdo y tenga cada detalle presente en el olvido: estaré a salvo.
Pasan los días y aquellos granos de tiempo se tornan montañas, colinas de cimas inconquistables con senderos opresores, que hacen temblar el alma con el clima de la desesperanza. Mas, alcanzo el último paso firme de dicho trecho agravado. Conseguir los própositos que tú mismo eliges, te acerca la felicidad, y la felicidad te hace un ser libre.
Abre puertas, cerrojos y ventanas; pero ya no contemplo impasible el horizonte.
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