miércoles, 2 de diciembre de 2009

Esta misma tarde

Me voy, con el pelo húmedo al viento, rizándose en los giros de las hojas de los árboles que me cubren con su corteza mohosa por la orilla del río. Ruedo como un canto en las aguas del cielo que están al caer. Me pierdo acelarando el paso entre las calles grises, piso su asfalto y huele al día de lluvia otoñal que ayer tuvo que haber sido. Sudo el interior de mi camisa y un vaho invisible transpira del resquicio del cuello empañándome las lentillas. El pulso cada vez es más intenso en la yema morada por el frío de mis dedos, siento que me estalla el pecho en medio de los dos omoplatos entumecidos de mi espalda. Me detengo a observar el tráfico. El transcurso del hilo narrativo se interrumpe, llegando incluso a cerrar los ojos en un intento por hidratarme la pupila y dar un paso al frente; pero los segundos se disipan en el espacio efímero, y hay que continuar el camino.
Los músculos se tensan, primero uno, después otro y oigo la contracción liviana de mis tendones bajo la rodilla. Ya vienen, se aproximan los zumbidos de esos recuerdos que con su aguijón vienen a azuzarme―más rápido― y ésta perra mojada corre a huir, a esconderse y escapar de sus voces sordas llenas de odio y veneno. Veo pasar tras de mí años que perdí al ritmo constante de la carrera, era ella una princesa rota a los pies de la torre por la que descolgó de otoño a primavera su melena. Años que le faltan por morir y que no desea invertir en una lucha a contrapelo. Inviernos que helaron sus labios de fresa que ningún sapo pudo descongelar para despertarla de su hechizo.
Despiertas de esos pensamientos búnker, en los que te refugias de los átomos de esta bomba sanguínea entre mis costillas, que dan en el suelo, contra un charco, salpicando a los viandantes. Diluvia y el cristalino espejo de la orilla de esta vía me refleja azufranada. Se me ha perdido la lente de contacto en el relente de una farola.

0 ideas:

Publicar un comentario en la entrada