Voy sentada traqueteando por el frío primaveral, contemplando a través del cristal las gotas empeñadas de lluvia tras la cuidad que pasa con sus calles efímera. Contemplo rostros humanos, vacíos e inertes que se dejan empapar por el vaho de ahí afuera. Uno de ellos sonríe, los otros están perdidos. Aquel puede que recuerde otra mañana angustiada entre voces extranjeras que inundan el pasillo. Es difícil prevalecer en este paréntesis temporal hasta la próxima parada que se me antoja imposible y lejana. Dónde estoy…
¿Quién eres? Hoy puede que otra persona camuflada con mi uniforme lleno de mugre. Aparentemente olvidada, abandonada por estos derroteros plenos de humo, de rugidos que ahuyentan la selva pese a su precipitación tropical, de animales casi siempre bípedos.
Y queriéndolo, provoco la necesidad de evocarte, como un haz de luz en el destino de un rumbo inestable. Un ser enorme que me arropa en la desesperación de mis palabras, un punto exhalativo en el centro de mi tosco relato pulido de pausas reflexivas, una rama de árbol previa a la cascada.
Hay luz helada de la mañana, no sé si estas letras son observadas con intriga desde otra dimensión cercana. La estampa grotesca que muestra mi ventana es de pies bajo los que vuelve a temblar el suelo con cada latir de las manecillas de un reloj. Música difusa, ruido sino música depende de para qué oídos, rellena cual pavo toda estancia donde me encuentro de regreso a la rutina.
Bicicletas, coches, pasos, motores y manos descalzas con sed y hambre. Es el mismo bodegón español al óleo, apetitoso y a su vez envuelto en luces y sombras, llenas y ausentes de vida.
Aún me quedas tu. El dedo acusador divino regalándome un halo de oxígeno animado que transpira cada uno de mis poros.
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