miércoles, 2 de diciembre de 2009

Defunción pública

En aquel andén asfaltado me senté yo. Ese que todavía conserva los chicles petroláceos camuflados en la mugre cenicienta. Todavía se escuchan los tacones lejanos de algunos que fueron y se van, quizás vuelvan. Los míos esperan cómodamente sentados inconformes con su rutina, que les hunde su lanza en las costillas de las que luego beberán hasta saciarse de su propia vida. Cavilamos mírandonos los unos a través de los otros, atentos a cada nuevo socio de esta selecta secta, examinando los intrusos de nuestras divagaciones más solitarias y profundas, de cuyos rasgos se denota la inhumanidad de un transeúnte cualquiera temeroso. ¿Dónde yace el alma cándida de estos seres, que ataviados con su tiempo, ven pasar ante ellos más y más trenes? Ofuscados en sus quehaceres espirituales cuando la misma necesidad empuja a ser pasto de los cuervos, que ven mis ojos suculentos servidos en bandeja. Entre la maleza de las vías relucientes descansa el cuerpo de una joven, llena de ganas, vacía de aliento; que escuchó el quejido de una sirena y se proyectó hacia ella sabiendo de su pérdida inmediata. Es pues, presa de los que en el lado opuesto la cuestionan silenciosos con su discurrir insondable.

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