sábado, 10 de octubre de 2009

Sótano

En el presente me instigo a escribir, más rápido, más fuerte, mejor. Tomo asiento en el somier sobre el que reposa un colchón roñoso y que siempre recibe mi reposo con un murmullo de chirridos.
Aunque a menudo, éste desaparece a otra estancia por motivos fortuitos y mi labor queda renegada a un amasijo de muelles vencidos enfundados en un estampado azul en el suelo, que huele a reúma. Además si asumías el riesgo de desviar la mirada del texto, tomando una panorámica, podías encontrar estanterías con libros, juguetes, revistas, material informático en desuso, folios roídos, sillas, sillones, un ventilador…; e incluso allí en una esquina junto a una lámpara de mercadillo, dos arañas quietas sobre el vacío a la espera de alguna suculenta presa. Inconscientemente me imaginaba envuelta en su sedosa tela cociéndome en mi jugo, para más tarde ser devorada entre sus pinzas. Es incomprensible cómo me atormentaba aquella visual y al unísono, me recreaba en tal desamparo.
Pero aún así no cabe imaginar otro lugar que inspire más al espíritu, abandonado a la soledad para examinarse a sí mismo. Ni el silencio de los vecinos era tan perturbador cómo el abrirse paso por un universo de criaturas ocultas, grutas sombrías y pasos mudos. Sí, me siguen conmoviendo esos zapatos autómatas que suelen venir de paso a saludar por el trozo de ventana que quedaba al descubierto en la insuficiencia de una bolsa de basura a modo de cortina. Al trasportarme a ese mundo paralelo, del que no hace mucho descubrí el portal que daba a aquel zulo, el regreso se me antojaba cálido. Por poner un ejemplo: los pies calzados eran trenes desnudos de sus vías, que puntualmente recorrían su recorrido, saliendo de un túnel.
Voy a contar cómo en una inspección rutinaria, avisté una centella tras una cuna recompuesta en función de mesa, sustento de un gramófono empolvado. Y dicho rayo, puedo afirmar que no es una metáfora de la esperanza.
Al dirigir allá la mirada, sólo tenía que volver lentamente sobre mi lado izquierdo al resto del cuerpo, exhausta ante la expectación de mis sentidos. Un haz de agujas doradas traspasaba la realidad produciendo un temor helado y el rechinar de la materia que componía cada átomo, como dilatar los eslabones de una cadena herrumbrosa que hubiese estallado en uno de sus cabos. El aire alrededor temblaba al igual que el asfalto en un mediodía de verano.
Continúo mi relato sin mirar atrás para no evocar una vez más ese simposio de añoranzas que ya no me dan más que nostalgia. Constantemente me pregunto por qué soy objeto de los castigos más yermos; con papel muerto en la memoria, idilios burocráticos, y tristezas latentes. La mayor colmanza de paciencia que puede saturar la mente humana se hizo nimia ante las ya mencionadas circunstancias, con las que cualquiera tiene―más temprano que tarde―que lidiar para tratar de alcanzar la meta del mañana. La fortuna de quien esto consigue es experimentar el alivio de verse liberado de cada pesar una vez atrapa su objetivo y cruza el umbral de una fase. No es el caso.
Escudada tras un valor empeñado del que sólo disponía para especular, me entregué a la materialización visual del éxtasis de Santa Teresa. Juro que la temeridad no me facultó para tocarme y cubrir mi piel con mis huesos. Entré en contacto con el vacío, que tomó de licencia la caricia de mis dedos para absorberme.
-Esta niña no se ha llevado dos tortas a tiempo por ser una payasa y ya está… Que dime gorda, ¿qué me estabas diciendo?—a lo lejos oía los murmullos amables entre conversaciones absurdas que habían pertenecido a mi vida descarnada, y aún podía sentir el escozor de las heridas besando la tela cómplice. Me estaba diluyendo a velocidad luz.
Paulatinamente desenmarañé las pestañas, dilaté cada intersticio y recoveco epidérmico, hinché las membranas de los pulmones a punto de estallar en mi pecho junto a las válvulas cardiacas atascadas de sangre, desarrugué las arrugas y desperté cada papila. Mis cueros expuestos a la claridad aparecieron―o eso pienso, porque no me vi― bajo la misma luz mortecina del aposento en el que reconstruía estar. Acuclillada frente a la estrella terrenal, supe que algo había cambiado.

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