Avanzaba invocando el trecho que me distanciaba del punto de encuentro, localizado con un grabado en alguna zona de mi corteza cerebral. Una parte de mí se resistía al regreso a mi estado natural, en el que la dicha no había sido una de las máximas en la historia de Yo. Iba acostumbrándome a aquello.
En un momento dado me paré a inmiscuirme por los caminos asfaltados que se bifurcaban, paralelos unos a otros, de la dirección establecida. Después de todo no me impresionó encontrarlos carentes de vehículos, bicicletas, peatones, ruido e impersonalidad. Me llevaban paseando hasta el núcleo duro de la localidad, puesto que la familiaridad de sus rincones me atraía sin razón aparente como por obra de magnetismo. Pude oler las baldosas por las que cada día pisaban miles de seres rutinarios, sobar las vigas de mármol rodado que sostenían los chaflanes de algunos edificios emblemáticos, tumbarme en el carril pedregoso, arrope de neumáticos… Pernoctar en la iglesia, absorbente.
Por fin, tomé la determinación de encauzarme diligentemente al lugar de partida de toda esta odisea. Durante la fastidiosa caminata sopesé infinidad de hipótesis acerca de lo que ocurriría cuando penetrase la fisura. Noté una irradiación de zumbidos masivos que se dirigían a sendas sienes provenientes de una anisotropía lejana. No pude descifrar el mensaje del que vino precedido aquel estrépito, ni tuve tiempo de reacción ante un coloso violáceo que colisionó en la zona este de la urbe. Instintivamente salí despedida a guarecerme en mi propia dimensión, con la sensación de estar ahogándome por la presión que una repentina punzada en el esternón me producía. Bajando las escaleras resbalé y me desplomé levemente abajo como una pluma, retomando el sprint hasta la meta en cuanto me abatí contra el suelo. En un último esfuerzo contuve el aliento y abalanzándome, franquee el fragmento de pared luminoso.
Salí a flote con un pitido desagradable acuchillando mis oídos, mecida por un oleaje angustioso y asfixiante, seca y salada por el sudor. También noté mi propio peso tirándome de los pies, reteniéndome, atraído por alguna fuerza invisible. La temperatura se dividía en azotes de frío y calor, castigando la piel que se defendía exhibiendo sus púas, constriñendo rosadas zonas y dándose un halo mortecino. Pasé un rato más en aquella cápsula de aclimatación, y no se me quitaba de la cabeza la sensación de haberme levantado de golpe.
-Alicia, ¡o subes ya o no comes!...
Los ecos de esa voz amarga me eran familiares; entreabrí los ojos y lo primero que vi fue un bolígrafo de tinta azul yacente entre las arrugas de mi mano. Después oigo los agudos lamentos de guerra del neón fluorescente luchando contra el silencio, por encima de mi cabeza reclinada sobre el papel de tajantes límites que siguen las yemas de mis dedos de la mano izquierda. Siento la tristeza profunda de la vida, del pensamiento en mí como yo, punto negro contra las ásperas paredes encaladas.
Puede que esta esquizofrenia invisible termine por conquistar lo poco que resta de mi cordura, en sueños.
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