Tomaste mi corazón indefenso entre tus dientes y lo exprimiste con tu boca, para que sus latidos se derramasen por tu sangre y corrieses por mis venas. Quisiera comprender cómo me siento así, cuando fue exactamente el instante en el que mi mundo se revolvió del envés y me quedé otra vez allí con una vida trastocada, del revés y sin rumbo fijo. Supuse que ya te habías marchado y que no ibas a volver más. La luz se sumió en oscuridad impenetrable, donde iniciaría el viaje hacia ninguna parte mientras divagaba por el océano de la sin razón… eres mi Caronte.
Echando la vista atrás, puedo recordar que bajo los minerales dorados de mis ojos se gestaban dos larvas líquidas, que emprendían el vuelo de la libertad desde su crisálida cardiovascular. Las expulsaron los ecos de mi conciencia y el silencio de los latidos. Paseó el tiempo por las comisuras de mis labios tejiendo una red de acero, cada uno de mis orificios exhumó podredumbre, y envuelta en la roña dérmica fui una peregrinación de lágrimas cálcicas.
Grietas cegadoras forzaron a descubrirse mis pupilas y la cáscara eclosionó cayendo sobre mí. Aún hay ruinas. Aquello que creí esperanza me sedujo atrayéndome furtiva como un cementerio de neón atascado de transparentes membranas aladas. Llevaba acechando mi refugio desde siempre, pero me escondí tras la ignorancia, fruto de la inocencia truncada.
De pie, sobre el vacío resistiré hasta serme conocido. Cuánta distancia le he tomado a la muerte promiscua masturbándome con su deseo, con lo que disipé el temor ―Agárrate, sostente a mi cuerpo aferrado al recuerdo de un sueño difuso del que desperté.― No existe ley gravitatoria que no permita la presencia del concepto “levitar” en el universo.
El retorno fue amargo como la acidez de estómago atragantada. Aunque supo parco al mirar y no hallar y ver, observar; percibir el silencio de las almas. La tierra no era firme donde encalló mi maltrecha barca, el sustento de los escuálidos ramajes se antojaba pegajoso al tacto a la vez que deshidratado por un bochorno sofocante. Imagen ciega, propia de un desierto pantanoso.
Avancé sospechando tu fantasma esquivo. Vagaba, arrastrándose en el viento y arañando el espacio, pero ni rastro del tiempo que nos contemplaba intacto. A veces me traspasaba, susurrándome un halo de palabras en la nuca que se evaporaban fétidas al aire. Las náuseas trajeron consigo una situación de desánimo mejor. Ahora impasible, veía sucederse mis pasos volátiles por una senda sin camino, y una calzada sin cuneta, vadeando las aristas virulentas de criptonita. Siquiera una icónica guadaña señalizaba el trágico desenlace que aguardaba en tu entelequia mohosa...
-Te pudrirás en tu propia mierda y la felicidad te será solo un espejismo que me refleje. Muriendo sin morir te alimentarás de las sobras del pasado y con los restos de lo que fuimos seguirás vagando, pagando por todo el daño que consume tu conciencia. Las sonrisas te sabrán amargas y así olvidarás la pena, que será lo único que te sostenga. No sentirás más allá del calor y el frío, y cualquier sabor estará vacío sin mí. Porque la alegría no tiene sentido sin la tristeza, y tú perdiste tu razón de ser junto conmigo. Aún te deseo que te vaya bien.
La ya inmutable descripción de mi psique comprende una ristra sinonímica de “locura”… en la que no soy más que una mariposa inerte en su capullo
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