sábado, 10 de octubre de 2009

Cadejo gris

De barroquismo se tiñen los versos que en mis besos disueltos traga. Lame la boca que le mama su leche, su mierda, su saliva agria. Emana secreciones que arroja al plato que rebaña. Caronte era un engendro o un prodigio de la naturaleza estrafalaria, según se mire. Grotesca tez oculta bajo su túnica ajada, repleta de bastos remiendos a través de los cuales podía escurrirse mi dedo intrépido.
Torcidos peldaños tiznados, conformaban la caja por la que escupía su voz jonda contra los cráneos. Taladraba el cartílago y perforaba ligamentos sin no querer hacerlo, a modo de entretenimiento. Sus ojos eran las cuencas de Platero.
Bajo su funda de guitarra beige y unos cuantos huesos, se intuyen las vísceras sangrantes que le permiten la vida, suplicantes de agonía al verse latir aventurando fatalidad. Aprensivo, temía sufrir el miedo de alejarse demasiado del seno de su letargo. Continuamente perdía el cabo para el Laberinto del Minotauro entre sus manos…
Caronte acopló su petate un día en mi alma y allí se quedó incubando un cáncer lánguido.
Mientras, Hansel corre aprisa bajo el sol tensando sus músculos rollizos en busca del espectro de una hormiga. Aquella inocente faz ávida de suelo, deseaba experimentar intrépida el conocimiento. Cabellos oleosos se esparcen por el viento, tanto que puede parecer un ardid pirotécnico de múltiples estelas encendidas que escriben en el cielo un poema de Neruda.
Habla más lenguas que las de fuego y otras muchas que se inventa, a riesgo de ser interpretado. Sentado al filo de los acantilados, canta aullando a su estrella cuando trae consigo obsequios de luz y con temeridad, absorto contempla. Inmediatamente estrecha un puño de arena hasta sus labios y lo chupa como un craso caramelo…
Sus delicados rasgos reflejan el placer de masticar la realidad cruda.

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