Es la máscara de los cobardes que ocultan ese espejo que refleja a ojos de los demás, su alma. El mismo que se rompe y la rasga, convirtiéndola en mil pedazos de lo que fue, y hasta que otra vez se parta.
Como quien antes de recibir visita recoge su casa, para esconder la mierda propia que conforma la vida de cualquier persona.
Ridículo, absurdo... tener valor para abrir la boca, y permanecer oculto en el silencio.
Stravaganzia
sábado 23 de abril de 2011
domingo 13 de marzo de 2011
Ser frente a existir
Sé que soy difícil, que no me dejo de encontrar nuevos defectos y que hasta para mí soy insoportable. Pero con todo y con eso todavía creo, que puedo tener algo bueno incomparable, irrepetible e inigualable; un tesoro que merezca la pena el interesarse en buscar por esta isla desierta.
Pero tiembla si me ves gris porque entonces se apaga el cielo, se hace el silencio, y sola me siento a escucharme llorar... hasta que pase el tiempo. Y no soy nada, ni para mí ni para nadie, más que piedra.
Pese a ello, sigues estando tú valorando las virtudes que me has ido descubriendo, frente a todas las tempestades, haciéndome de faro para que pueda llegar al puerto.
Preocupándote, valorando cada esfuerzo, cuidándome para hacerme feliz a tu lado... y así sobrevivo, por no decepcionarte, porque tu crees que puedo ser alguien, y yo quiero recompensarte siendo, si tú quieres, por tí.
Pero tiembla si me ves gris porque entonces se apaga el cielo, se hace el silencio, y sola me siento a escucharme llorar... hasta que pase el tiempo. Y no soy nada, ni para mí ni para nadie, más que piedra.
Pese a ello, sigues estando tú valorando las virtudes que me has ido descubriendo, frente a todas las tempestades, haciéndome de faro para que pueda llegar al puerto.
Preocupándote, valorando cada esfuerzo, cuidándome para hacerme feliz a tu lado... y así sobrevivo, por no decepcionarte, porque tu crees que puedo ser alguien, y yo quiero recompensarte siendo, si tú quieres, por tí.
Jinete muerto, oscuro corcel
No me he ido, porque mi sitio está dónde estés tú.
A la sombra de tu sombra, al calor del fuego de tu lumbre que quema mis huesos y alumbra la esperanza en cualquier dirección, donde caigan a morir.Me robaste el corazón a un bandolero y le enseñaste a sosegarse, a ahogarse los lamentos... ¿qué más puedo pedir? Mi latir cesó su cabalgar intrépido.
Pero lo cierto es que no sé vivir así, que no quiero quedarme aquí, que no me faltan las ganas de huir; y aún así me quedo.
A la sombra de tu sombra, al calor del fuego de tu lumbre que quema mis huesos y alumbra la esperanza en cualquier dirección, donde caigan a morir.Me robaste el corazón a un bandolero y le enseñaste a sosegarse, a ahogarse los lamentos... ¿qué más puedo pedir? Mi latir cesó su cabalgar intrépido.
Pero lo cierto es que no sé vivir así, que no quiero quedarme aquí, que no me faltan las ganas de huir; y aún así me quedo.
http://www.youtube.com/watch?v=AeKMhRq-xVU&feature=player_embedded
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Relato,
Relato corto
martes 1 de febrero de 2011
Religión
Brilla el alma de azabache que encierra, entre sus perlas habla, suena. Se oye el mar en su melena, que sin querer se me enreda, en estos pensamientos que permanecer debieran en el más frío silencio. Que mi deseo encierra, en la gruta oscura de un sueño, el sol de verano durante este largo invierno. Porque corre por mis piernas un pájaro que vuela y pica la madera de mi corazón carcomido, y vuela por mi cabeza una piedra que tira la puerta abajo, donde se esconden estas letras. Su pecho, hecho de candela, esculpido en cera que se derrama por tus caderas, huele y sabe a canela. Que no daría yo porque allí me recibieras, y recogieses estos huesos entre tu carne trémula mecidos bajo tu piel tersa. Eres deseo y eres pena… qué tristeza esta belleza que solo a mí se entrega, pues nadie como yo aprecia besar por el camino en el que tu sombra pasea. Navega, y despliega mi vela, sé el mástil al que me ate ante el canto de las sirenas, enséñame la roca en la que rompen las aguas serenas de esta marea que se está sumiendo en tormenta y calma el vendaval que mi barca zarandea.
Pocilga
Como la mugre que me alimenta, crezco a medida que la descomposición conquista el espacio de este vertedero. Repleta de color y mierda, ser la flor más bella que jamás se ha visto.
El estiércol me sustenta, mis raíces no llegan a tocar el suelo, sin embargo derramo mis pétalos allí donde se cuela un trozo de cielo, y acaricio la luz que deja pasar un agujero... Tan pequeño y ha sido descubierto, tan débil lleva la esperanza a estos viejos tallos ya cansados de alzarse entre los cerdos.
El estiércol me sustenta, mis raíces no llegan a tocar el suelo, sin embargo derramo mis pétalos allí donde se cuela un trozo de cielo, y acaricio la luz que deja pasar un agujero... Tan pequeño y ha sido descubierto, tan débil lleva la esperanza a estos viejos tallos ya cansados de alzarse entre los cerdos.
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Relato corto
domingo 30 de enero de 2011
Turismo sentimental
Ha pasado el tiempo, ha hecho falta media vida de ver trenes pasar entre los estrechos andenes en los que me siento a esperar.
Siempre dispuesta a subirme a cualquiera en un momento dado, le ponía voluntad.
A Campanilla se le debieron acabar esos polvos mágicos que nos hacían volar, y ahora desplega un catálogo de alternativas imposibles y barcos a punto de zarpar.
¿Dónde está tu Peter Pan?
Dejemos de hacer el indio, las señales se disiparon entre el humo de un cigarro. Así consumo la leña que no puedo echar a este fuego que me quema y me arde en el estómago.
Mis cuentos se esparcen rotos entre peajes de besos, que tuvimos que pagar para llegar a este puerto, que lejos de ser bueno, no es la orilla sino la mar; porque si de amar se trata, esto sólo acaba de empezar.
[ http://www.youtube.com/watch?v=bN4mPo_LPdI&feature=player_embedded ]
Siempre dispuesta a subirme a cualquiera en un momento dado, le ponía voluntad.
A Campanilla se le debieron acabar esos polvos mágicos que nos hacían volar, y ahora desplega un catálogo de alternativas imposibles y barcos a punto de zarpar.
¿Dónde está tu Peter Pan?
Dejemos de hacer el indio, las señales se disiparon entre el humo de un cigarro. Así consumo la leña que no puedo echar a este fuego que me quema y me arde en el estómago.
Mis cuentos se esparcen rotos entre peajes de besos, que tuvimos que pagar para llegar a este puerto, que lejos de ser bueno, no es la orilla sino la mar; porque si de amar se trata, esto sólo acaba de empezar.
[ http://www.youtube.com/watch?v=bN4mPo_LPdI&feature=player_embedded ]
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Relato corto,
Subnormal
jueves 18 de noviembre de 2010
Ofrenda
Estoy apurando los últimos minutos. No lo hago por nada, aunque debería estar haciendo algo. No paro, reboso desgana.
¿Merece la pena seguir así?
Definitivamente, estoy seca. Ya no escribo ni con ganas.
Sin tiempo.
Sin palabras.
http://www.youtube.com/watch?v=26PwGmamnYU&feature=player_embedded
¿Merece la pena seguir así?
Definitivamente, estoy seca. Ya no escribo ni con ganas.
Sin tiempo.
Sin palabras.
http://www.youtube.com/watch?v=26PwGmamnYU&feature=player_embedded
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Subnormal
martes 9 de noviembre de 2010
Coma
- Hemos llegado, date prisa. Hay gente esperando.
Sabía a lo que había venido, pero me iba a tomar mi tiempo.
- Estamos sólos.
Sonreía con los ojos desilusionados, y las cicatrices que cruzaban su frente se habían ido prolongando tanto como el rato que llevaba allí.
Cada vez me devolvía un rostro menos amable.
No cabe lugar a la nostalgia, así seguimos avanzando, escapando del reflejo en los ojos de nuestros semejantes.
Echaba de menos la monótona sintonía del ascensor, que hace menos incómodo el mirar hacia otro lado.
Reinaba el silencio, abriendo paso a los recuerdos que quedaban atrapados en el eco, retumbando.
Era el momento. El taburete estaba claramente indicado en el medio.
No invitaba a reposar, ni a sentarse...
- Ya descansaré más tarde.
Desde arriba alcancé a ver durante un instante, justo antes, la cola del matadero.
Sabía a lo que había venido, pero me iba a tomar mi tiempo.
- Estamos sólos.
Sonreía con los ojos desilusionados, y las cicatrices que cruzaban su frente se habían ido prolongando tanto como el rato que llevaba allí.
Cada vez me devolvía un rostro menos amable.
No cabe lugar a la nostalgia, así seguimos avanzando, escapando del reflejo en los ojos de nuestros semejantes.
Echaba de menos la monótona sintonía del ascensor, que hace menos incómodo el mirar hacia otro lado.
Reinaba el silencio, abriendo paso a los recuerdos que quedaban atrapados en el eco, retumbando.
Era el momento. El taburete estaba claramente indicado en el medio.
No invitaba a reposar, ni a sentarse...
- Ya descansaré más tarde.
Desde arriba alcancé a ver durante un instante, justo antes, la cola del matadero.
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Crítica,
Relato corto
lunes 30 de agosto de 2010
Doña Puta
Soy una Señora, de esas a las que insultan y no lloran. De esas que se mantienen erguidas pese a las miradas, de las que no pasan inadvertidas por su fuerza e indiferencia ante los demás. No me guío por prejuicios, ni pierdo mi valioso tiempo en darle importancia a aquello que considero que no se la debo dar. Soy valiente, porque me es indiferente lo que piensen, aunque les pueda molestar. Porque en mí, la única que manda soy yo y sobre mí, la única reina. Las preocupaciones que yo tenga, son mías y de nadie más, pues no ha nacido hombre que pueda soportar el lánguido peso de la sociedad, como para encima querer arrastrar el mío. No, el bien y el mal no son a mi juicio, dignos de la raza humana. Soy una Señora, porque en mi humildad me distingo de vosotros por no moverme la envidia. Soy Puta en la calle, y Señora en mi casa.
miércoles 18 de agosto de 2010
Desamor
En un arrebato de sinceridad, yo me autoconfieso con todo el dolor de mi alma. Por un momento me arrepiento de formar parte de tu mundo, de ser esa variable impredecible e ilógica que escapa a tu control y entra en conflicto dentro de tu sistema ortodoxo. Pertenecemos a mundos radicalmente opuestos, eso es innegable. Jamás podrás abstraerte tanto como para dejar de ceñirte a mi ser material y comprender que lo que trato de plasmar en palabras, es realmente a mí misma. No tendría que hacerlo si no tuviera que justificar continuamente mis actos, mis decisiones, mis inquietudes y ponerles orden para explicártelo. Nunca llegarás a conocerme mejor que yo a mí misma, es algo que he ido aprendiendo con el tiempo. Somos puntos de vista distintos. El problema es que yo puedo llegar a entender el origen del tuyo, y tú subestimas los principios y valores en los que me baso para formar el mío. Y todo esto, en resumen, genera desconfianzas, falta de credibilidad y desengaño que intentamos disimular con un exceso de pasión muda monótona. Pero pese a todo, sé que te quiero porque intento justificar estos renglones pensando que es producto de la frustración que me provoca el que me lleves la contraria, porque he empezado a otorgarte el beneficio de la duda respecto a mi realidad, y a cuestionarla. No se trata de quién lleve la razón o de quién tenga la culpa. Estoy cansada de este intercambio de críticas continuo, de esa manera de indagar el uno en el otro tan invasiva, tan competitiva. Cada vez me planteo más seriamente el tomarme un tiempo muerto, que al fin y al cabo, es como me veo yo sin tí: descansando en paz, aunque inherte.
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Crítica
miércoles 7 de abril de 2010
Letargo
Hoy regreso, no sé hasta cuándo ni por qué. Sin embargo, aquí ahora me quedo. Necesito ese silencio, buscar el impulso que me empuje de la cama y encuentre los zapatos en mis pies. Que me lleven, secuestrada muy lejos de este rapto voluntario en el que me retengo sin quererlo. Sumida sin motivo aparente en un mar angosto de eternidad sobre mi flaca tabla, esquivando las rocas, saltando las olas, evitando los peces muertos que lleva la corriente.Es el momento de nadar y saber a dónde.
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Relato corto
miércoles 17 de febrero de 2010
Alguna vez
De repente me dice que sí y se va, y me quedo en blanco, sin saber qué decir o cómo contraatacar hasta que se ha ido, y la veo a lo lejos presumiéndome su culo ante mi cara estupefacta. Me parece estupendo, me deja cuando más la necesito, cuando más ganas tengo de besarla… o eso quizás, fue después de haberla perdido. Eso pasa, es la Ley de Murphy (la culpa es suya) ―digo mientras doy la vuelta a la tostada por la parte untada. Pensándolo más detenidamente, aún sigo sin saber qué contestarle. Supongo que un ahogado “pues tú más” con un ademán de la mano, en un intento por no patalear y tirarme al suelo exigiendo su atención. Mirémoslo por el lado positivo, al menos conservo algo de dignidad, esta noche dormiré tranquilo. No soporto solo poder ver ya su silueta, qué asco de todo, el mundo se ha puesto en mi contra, nada vale la pena. ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Qué sentido tiene esta mísera existencia? Me cago en mi puta vida. Vuelvo a buscarla con la mirada y me encuentro con su sombra. Agacho la cabeza y me acuerdo de mis pies allí, hundidos en el barro; y del frío que se cuela entre la ropa. Soy gilipollas, no me queda otra que resignarme… Y empezar a correr.
martes 16 de febrero de 2010
Causas y consecuencias
Eres mi vida,
Porque das sentido a mis días
Porque tienes siempre un motivo diferente
Porque cada mañana me despiertas
Porque duermes conmigo
Y te llevo dentro
Eres mi todo,
Porque me dibujas la sonrisa
Porque robas mis besos
Porque te importo
Porque vivo en tus ojos
Y moriría por ti
Eres mi amor,
Porque nos gusta perdernos
Porque no me canso de mirarte
Porque nos fundimos, nos mezclamos
Porque te siento
Y es inexplicable
Eres mi niño,
Porque te cuido y te celo
Porque me haces vulnerable
Porque necesito acurrucarte
Porque te regalo el tiempo
Que sin ti ya no quiero
Porque te adoro, porque te creo, porque eres único, porque me encantas, porque me fascinas, porque me sorprendes cuando y como menos me lo espero, porque me haces sentir especial y distinta, porque me haces feliz, porque te doy mi alegría, porque confío en ti, porque me apoyas, porque me preocupas, porque tengo miedo a perderte, porque sé que tu también lo tienes…
Porque no tengo una sola razón para amarte.
Porque das sentido a mis días
Porque tienes siempre un motivo diferente
Porque cada mañana me despiertas
Porque duermes conmigo
Y te llevo dentro
Eres mi todo,
Porque me dibujas la sonrisa
Porque robas mis besos
Porque te importo
Porque vivo en tus ojos
Y moriría por ti
Eres mi amor,
Porque nos gusta perdernos
Porque no me canso de mirarte
Porque nos fundimos, nos mezclamos
Porque te siento
Y es inexplicable
Eres mi niño,
Porque te cuido y te celo
Porque me haces vulnerable
Porque necesito acurrucarte
Porque te regalo el tiempo
Que sin ti ya no quiero
Porque te adoro, porque te creo, porque eres único, porque me encantas, porque me fascinas, porque me sorprendes cuando y como menos me lo espero, porque me haces sentir especial y distinta, porque me haces feliz, porque te doy mi alegría, porque confío en ti, porque me apoyas, porque me preocupas, porque tengo miedo a perderte, porque sé que tu también lo tienes…
Porque no tengo una sola razón para amarte.
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Relato
lunes 11 de enero de 2010
Amor por la sabiduría
Los acontecimientos siguen su esperado curso, sucediéndose previsiblemente regidos por la lógica aplastante de la probabilística rutinaria. No hay más sexto sentido que el desafiar las leyes que nos subyugan los pies a estar pegados a la tierra; y saltar, pender por un segundo en el abismo del aire mutando a pequeña isla, el cuerpo que antes era península del suelo.
Estaba sentado sobre el acantilado de una acera, observando pasar los viandantes apesadumbrados y esquivos. Tenía prisa por levantarse y echar andar, pero sólo tenía fuerzas para pestañear, y respirar como un acto movido por la inercia a restar allá, fundido.
Entonces, cansado de perder la mirada prácticamente en el vacío, torció el gesto hacia un lado para sorprender a una hormiga solitaria emprendiendo la escalada de su pantalón vaquero.
Tomándola entre el surco de las yemas de sus dos dedos, preguntose instantáneamente: "¿en qué estaría pensando?"― y la depositó encima del adoquín grisáceo; no percatándose de que el insecto era capaz de escalar en vertical a la superficie recta del arcén, pero no de descender del mismo modo. Levantose y fuérase, sin atreverse paciente, a reflexionar; palabra fácil difícil de ejecutar.
La hormiga irremediablemente, perdió el modo de tomar el regreso.
Y el mundo extraña hoy, un filósofo.
Estaba sentado sobre el acantilado de una acera, observando pasar los viandantes apesadumbrados y esquivos. Tenía prisa por levantarse y echar andar, pero sólo tenía fuerzas para pestañear, y respirar como un acto movido por la inercia a restar allá, fundido.
Entonces, cansado de perder la mirada prácticamente en el vacío, torció el gesto hacia un lado para sorprender a una hormiga solitaria emprendiendo la escalada de su pantalón vaquero.
Tomándola entre el surco de las yemas de sus dos dedos, preguntose instantáneamente: "¿en qué estaría pensando?"― y la depositó encima del adoquín grisáceo; no percatándose de que el insecto era capaz de escalar en vertical a la superficie recta del arcén, pero no de descender del mismo modo. Levantose y fuérase, sin atreverse paciente, a reflexionar; palabra fácil difícil de ejecutar.
La hormiga irremediablemente, perdió el modo de tomar el regreso.
Y el mundo extraña hoy, un filósofo.
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Crítica,
Relato corto
miércoles 2 de diciembre de 2009
Amor
En frente a mí, tu cara mirándome, tus ojos observando la expresión atrevida en la carne de mis labios contra los tuyos; y mis ojos verte alentando las ascuas del tórax a la penumbra ceniza. Arqueo mi espina dorsal por tu pecera, llevándome sobre los hombros algas húmedas para besar tu pecho y domar tu corazón desatado con un nudo marinero. Se ralentizan los segundos engendrando instantes intensos de placer insoluble, inyectado intravenoso que espasmódicamente funde contigo las ondas de nuestro cuerpo. Respirando la niebla que nubla mis sentidos, lamiendo la humedad fría que reposa sobre tu vello, latiendo a dos tiempos la ruptura de tu lujuria contra mi playa cuya espuma rebosa de entre el abismo que nos fusiona. Nos remitimos al sentimiento, ese que me da tu nombre y que juro escuchándote bajo mí, amor te siento, amor mío hacia ti.
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Relato corto
Tristeza
No me apetece ser libre hoy. No quiero ser quien no soy, ni sentir que me estoy sinitiendo morir, si sé que estoy viviendo. Estoy; traspasada por situaciones y momentos que no dejan lugar a la palabra, sin objetivos inquietos ambiciosos que restan a la rutina. Vacía de pensamiento y alma, rezagados al tiempo de cada día, a la inanimación imposible de ser. Repaso los instantes de esos minutos carentes de intensidad que me proporciono, similiar al oxígeno que consumo. Me encierro en la solitaria compañía del agua que fluye del grifo de mis entrañas, déjandola correr tranquila por mi cara, doy así inicio al reciclaje de mi microclima particular. Mis vasos son del azul del cielo que sobre mí recae, mis ojos de la tierra que piso, y mi boca del corazón que beso, ya partido.
Marcho para no volver sin moverme de mi sitio,y lo busco sin saber cuál es, tras ver la luz al final de la penumbra de este pasillo… profundamente: se odia avanzar resignado los peldaños de la vida.
Por eso, calma amigo mío, y hagamos una pausa en el camino triste original al que vamos, y del que venimos; presta tus ojos al vendedor ambulante de caricias, regala el silencio a tus sentidos, roba la experiencia que extrañamos y compártela conmigo. Te estaré escuchando aunque ya esté demasiado lejos para oirte.
Marcho para no volver sin moverme de mi sitio,y lo busco sin saber cuál es, tras ver la luz al final de la penumbra de este pasillo… profundamente: se odia avanzar resignado los peldaños de la vida.
Por eso, calma amigo mío, y hagamos una pausa en el camino triste original al que vamos, y del que venimos; presta tus ojos al vendedor ambulante de caricias, regala el silencio a tus sentidos, roba la experiencia que extrañamos y compártela conmigo. Te estaré escuchando aunque ya esté demasiado lejos para oirte.
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Relato corto
Pasiones
Caminabas despacio, sumiéndote en cada detalle de una conversación espontánea, fruto de la casualidad más remota, en el momento preciso.
Te sorprende el sonido que producen las notas de mi boca, que te raptan hacia una somnolienta serenata bajo el balcón de mis pestañas; allí, inocente marinero, caiste preso de mi sirénida mirada que conducirte ha, en pos de la gruta pecaminosa de los relucientes minerales pujantes, titilantes en sus oquedades verdosas.
Allí, precioso prisionero, beberás el dulce ron que humedece mi lengua reptil enredándose por tu abdomen latente, agitado y tibio, propio del fervoroso discípulo de sus impulsos viscerales hacia la sinuosidad encarnada.
En torno a tu cabello, pirata, enredaré las aromáticas zarzas de mis manos, que al aferrarme a ti rasgarán el éxtasis de tus cueros, danzantes en las sombras de esta mística tortura.
Ahí, en el tobogán de tu cuello resbalaré los besos, que asfixian el ansia de fundir el alma, traspasando las trincheras con la pólvora de artificiales saetas que invaden éstos nuestros cuerpos …
Aquí, te contemplo hermoso, despojado y yacente sobre mi sangre.
Te sorprende el sonido que producen las notas de mi boca, que te raptan hacia una somnolienta serenata bajo el balcón de mis pestañas; allí, inocente marinero, caiste preso de mi sirénida mirada que conducirte ha, en pos de la gruta pecaminosa de los relucientes minerales pujantes, titilantes en sus oquedades verdosas.
Allí, precioso prisionero, beberás el dulce ron que humedece mi lengua reptil enredándose por tu abdomen latente, agitado y tibio, propio del fervoroso discípulo de sus impulsos viscerales hacia la sinuosidad encarnada.
En torno a tu cabello, pirata, enredaré las aromáticas zarzas de mis manos, que al aferrarme a ti rasgarán el éxtasis de tus cueros, danzantes en las sombras de esta mística tortura.
Ahí, en el tobogán de tu cuello resbalaré los besos, que asfixian el ansia de fundir el alma, traspasando las trincheras con la pólvora de artificiales saetas que invaden éstos nuestros cuerpos …
Aquí, te contemplo hermoso, despojado y yacente sobre mi sangre.
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Relato corto
Climax
Bajo lentamente los párpados, mientras aspiro una bocanada del humo espeso del cigarro amarillento que pende de mis dedos por la borda. Una neblina clara se extiende ante mí, tomando sus formas poco a poco, el paisaje de la estancia. Se desprende un velo invisible de mi cuerpo, descubriéndose la piel de sus irradiaciones que como ondas atraen más cerca tu aliento, destructor del silencio. Siento el frío vaho posándose sobre los pétalos más tiernos, fosforescente mi alma henchida, erizado el vello. Estoy mojada y la boca seca, me sabe dulce y agria, espesa… a sexo.
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Relato corto
Amistad
Estamos los que somos y somos los que estamos. Creo que muy poca gente puede llegar a entender y albergar sentimiento tan complejo. Más allá de lo físico, más allá del bien o el mal, de lo conveniente o correcto, de los ojos del resto. Amor en estado puro, altruísta, sincero... del que duele y hace sentir vivo a la vez. Esa locura pasajera repleta de ilusión y ceguera, que hace arriesgar a uno mismo a manos abiertas, depositando la esperanza que perdiste y ahora recuperas, en distintos corazones. Estoy enamorada de mis amigos. Mañana evolucionará y puede que algunos se queden, otros se pierdan en el camino, y otros se irán; pero restará ese cariño de alguien que supo ser trascendental en mí, en lo que soy. Hoy por hoy, mi vida se resume a sus pequeños latidos... Un lazo más fuerte que la sangre.
Sois mi familia.
Sois mi familia.
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Crítica
Oda
Divertimento reflexivo de mis iras, soporte de mis desechos estomacales, asiento de toda deducción; a ti me encomiendo en esta nocturna velada muda, rota por las dudas que merodean la existencia de mis tiernas horas. Fidelidad blanca sin ningún precio, que resiste la evacuación emergente de mis adentros integrada por compuestos heterogénos previamente ingeridos, que toman su peculiar forma de acuerdo a las leyes irrebatibles de la física. Amigo fiel de mis carnes trémulas que a ti se encomiendan enraizadas a tu fría y acojedora superficie oronda, atravesada por una hendidura marina, que es tu alma. A la orilla de ese pantano acamparía para compartir junto a ti mis días y convertirme en un sabio ermitaño pensante, sumido―como es costumbre―en la mierda. Inamovible, confesor recurrente: ya me sé la penitencia, descúbreme mis pecados.
¡Oh ave, váter!
¡Oh ave, váter!
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Relato corto
Decepción
Es de nuevo ella, amarga, tristeza de las llagas de mis manos abiertas hacia ti. Compruébalas, y húndete en ellas como un clavel enmarañándome las entrañas. Regresa siempre, estacando mi pecho y me hace parecer leve empalada en el recuerdo. Retorna en las formas más sutiles haciendo añoranzas de lo que pudo haber sido y se llevó, allá tan lejos, como el olvido. Derramo mucosas espesas que habitan en la cueva de mi garganta, provocándome las naúseas propias de lo incontenible. La ira irrita mis tensiones apagadas, arrasando la devastadora estampa que presento. El egoísmo es tan monótono que subyuga una caricia sana, tornándola en la decepción de unas espectativas basadas en esperanzas infundadas. La memoria es esa virtud biológica innata con el uso incorrecto dado, que masacra la ética individual de mi conciencia esputada. Deseo ser fauna para poder presumir de recibir el trato correcto, aunque prefiero ser flora mecida por el viento. Me conozco y me sorprendo, estoy orgullosa de ser este insecto con el que hablo y aquel horizonte al que aspiro, esta tarde que se cierra sobre mí y el mañana―que dijeron, nunca muere―para otro. Ahora tomaré la soledad entre mis brazos como nunca antes me abrazaron, para beber de sus labios sacros y sumergirme en el jondo sueño invernal de una noche de verano.
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Relato corto
Superación
Me vuelvo y te miro, con mi verde epicúreo en tu castaño opaco. No digo nada, solo parpadeo y parece que se interponen unos granos de milésimas de segundo, en las visagras de nuestra sonrisa parca. Y te recibo en mi espalda como una carga muerta de la que no me puedo deshacer con tan sólo ir hacia delante. Pero eso ya no importa, me he decidido a mostrar mi rostro más arrogante ante la temeridad de caminar a tientas por este mañana incierto. Aunque me ametralles con tus pensamientos personales y el desamor; contra las tapias de la soledad y las trabas furtivas por las que me mutilé sin saber de qué debía escapar… aquí he llegado, y mientras me cuide de tu sombra, me aleje de tu recuerdo y tenga cada detalle presente en el olvido: estaré a salvo.
Pasan los días y aquellos granos de tiempo se tornan montañas, colinas de cimas inconquistables con senderos opresores, que hacen temblar el alma con el clima de la desesperanza. Mas, alcanzo el último paso firme de dicho trecho agravado. Conseguir los própositos que tú mismo eliges, te acerca la felicidad, y la felicidad te hace un ser libre.
Abre puertas, cerrojos y ventanas; pero ya no contemplo impasible el horizonte.
Pasan los días y aquellos granos de tiempo se tornan montañas, colinas de cimas inconquistables con senderos opresores, que hacen temblar el alma con el clima de la desesperanza. Mas, alcanzo el último paso firme de dicho trecho agravado. Conseguir los própositos que tú mismo eliges, te acerca la felicidad, y la felicidad te hace un ser libre.
Abre puertas, cerrojos y ventanas; pero ya no contemplo impasible el horizonte.
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Relato corto
Bucodelicia
Puedo llegar a amar esas facciones que enmarcan su rostro, adorarlas una por una, mirar a sus ojos sin abrir los míos y emerger entre la espesura de sus cejas, resbalando por el tobogán de sus pestañas. Adormecerme en su color meloso de otoño infinito y ser absorta por el abismo de una pupila. Cuántos miles de segundos me detendría a admirar sobre el filo de tu nariz suave el descenso de una leve molécula de polvo descubierta por el sol. Cómo pisaría con mi boca tu mejilla en flor rosada. Porque pasearía por las sendas de tu frente vanamente perfiladas y que te infieren una gravedad simpática de la que estoy enamorada. Porque surcaría las grietas de tus labios tersos arrastrándome por ellos hasta desgarrarme la piel, sumergirme en el pantano de tu boca y absorber con mis heridas su sal; escociéndome de placer el alma. Me elevaría en un gemido reprimido hasta tu oído y allí un caracol enredaría, por cada suspiro que pierdo por tí.
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Relato corto
Defunción pública
En aquel andén asfaltado me senté yo. Ese que todavía conserva los chicles petroláceos camuflados en la mugre cenicienta. Todavía se escuchan los tacones lejanos de algunos que fueron y se van, quizás vuelvan. Los míos esperan cómodamente sentados inconformes con su rutina, que les hunde su lanza en las costillas de las que luego beberán hasta saciarse de su propia vida. Cavilamos mírandonos los unos a través de los otros, atentos a cada nuevo socio de esta selecta secta, examinando los intrusos de nuestras divagaciones más solitarias y profundas, de cuyos rasgos se denota la inhumanidad de un transeúnte cualquiera temeroso. ¿Dónde yace el alma cándida de estos seres, que ataviados con su tiempo, ven pasar ante ellos más y más trenes? Ofuscados en sus quehaceres espirituales cuando la misma necesidad empuja a ser pasto de los cuervos, que ven mis ojos suculentos servidos en bandeja. Entre la maleza de las vías relucientes descansa el cuerpo de una joven, llena de ganas, vacía de aliento; que escuchó el quejido de una sirena y se proyectó hacia ella sabiendo de su pérdida inmediata. Es pues, presa de los que en el lado opuesto la cuestionan silenciosos con su discurrir insondable.
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Relato corto
Esta misma tarde
Me voy, con el pelo húmedo al viento, rizándose en los giros de las hojas de los árboles que me cubren con su corteza mohosa por la orilla del río. Ruedo como un canto en las aguas del cielo que están al caer. Me pierdo acelarando el paso entre las calles grises, piso su asfalto y huele al día de lluvia otoñal que ayer tuvo que haber sido. Sudo el interior de mi camisa y un vaho invisible transpira del resquicio del cuello empañándome las lentillas. El pulso cada vez es más intenso en la yema morada por el frío de mis dedos, siento que me estalla el pecho en medio de los dos omoplatos entumecidos de mi espalda. Me detengo a observar el tráfico. El transcurso del hilo narrativo se interrumpe, llegando incluso a cerrar los ojos en un intento por hidratarme la pupila y dar un paso al frente; pero los segundos se disipan en el espacio efímero, y hay que continuar el camino.
Los músculos se tensan, primero uno, después otro y oigo la contracción liviana de mis tendones bajo la rodilla. Ya vienen, se aproximan los zumbidos de esos recuerdos que con su aguijón vienen a azuzarme―más rápido― y ésta perra mojada corre a huir, a esconderse y escapar de sus voces sordas llenas de odio y veneno. Veo pasar tras de mí años que perdí al ritmo constante de la carrera, era ella una princesa rota a los pies de la torre por la que descolgó de otoño a primavera su melena. Años que le faltan por morir y que no desea invertir en una lucha a contrapelo. Inviernos que helaron sus labios de fresa que ningún sapo pudo descongelar para despertarla de su hechizo.
Despiertas de esos pensamientos búnker, en los que te refugias de los átomos de esta bomba sanguínea entre mis costillas, que dan en el suelo, contra un charco, salpicando a los viandantes. Diluvia y el cristalino espejo de la orilla de esta vía me refleja azufranada. Se me ha perdido la lente de contacto en el relente de una farola.
Los músculos se tensan, primero uno, después otro y oigo la contracción liviana de mis tendones bajo la rodilla. Ya vienen, se aproximan los zumbidos de esos recuerdos que con su aguijón vienen a azuzarme―más rápido― y ésta perra mojada corre a huir, a esconderse y escapar de sus voces sordas llenas de odio y veneno. Veo pasar tras de mí años que perdí al ritmo constante de la carrera, era ella una princesa rota a los pies de la torre por la que descolgó de otoño a primavera su melena. Años que le faltan por morir y que no desea invertir en una lucha a contrapelo. Inviernos que helaron sus labios de fresa que ningún sapo pudo descongelar para despertarla de su hechizo.
Despiertas de esos pensamientos búnker, en los que te refugias de los átomos de esta bomba sanguínea entre mis costillas, que dan en el suelo, contra un charco, salpicando a los viandantes. Diluvia y el cristalino espejo de la orilla de esta vía me refleja azufranada. Se me ha perdido la lente de contacto en el relente de una farola.
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Relato corto
Escribo
Voy sentada traqueteando por el frío primaveral, contemplando a través del cristal las gotas empeñadas de lluvia tras la cuidad que pasa con sus calles efímera. Contemplo rostros humanos, vacíos e inertes que se dejan empapar por el vaho de ahí afuera. Uno de ellos sonríe, los otros están perdidos. Aquel puede que recuerde otra mañana angustiada entre voces extranjeras que inundan el pasillo. Es difícil prevalecer en este paréntesis temporal hasta la próxima parada que se me antoja imposible y lejana. Dónde estoy…
¿Quién eres? Hoy puede que otra persona camuflada con mi uniforme lleno de mugre. Aparentemente olvidada, abandonada por estos derroteros plenos de humo, de rugidos que ahuyentan la selva pese a su precipitación tropical, de animales casi siempre bípedos.
Y queriéndolo, provoco la necesidad de evocarte, como un haz de luz en el destino de un rumbo inestable. Un ser enorme que me arropa en la desesperación de mis palabras, un punto exhalativo en el centro de mi tosco relato pulido de pausas reflexivas, una rama de árbol previa a la cascada.
Hay luz helada de la mañana, no sé si estas letras son observadas con intriga desde otra dimensión cercana. La estampa grotesca que muestra mi ventana es de pies bajo los que vuelve a temblar el suelo con cada latir de las manecillas de un reloj. Música difusa, ruido sino música depende de para qué oídos, rellena cual pavo toda estancia donde me encuentro de regreso a la rutina.
Bicicletas, coches, pasos, motores y manos descalzas con sed y hambre. Es el mismo bodegón español al óleo, apetitoso y a su vez envuelto en luces y sombras, llenas y ausentes de vida.
Aún me quedas tu. El dedo acusador divino regalándome un halo de oxígeno animado que transpira cada uno de mis poros.
¿Quién eres? Hoy puede que otra persona camuflada con mi uniforme lleno de mugre. Aparentemente olvidada, abandonada por estos derroteros plenos de humo, de rugidos que ahuyentan la selva pese a su precipitación tropical, de animales casi siempre bípedos.
Y queriéndolo, provoco la necesidad de evocarte, como un haz de luz en el destino de un rumbo inestable. Un ser enorme que me arropa en la desesperación de mis palabras, un punto exhalativo en el centro de mi tosco relato pulido de pausas reflexivas, una rama de árbol previa a la cascada.
Hay luz helada de la mañana, no sé si estas letras son observadas con intriga desde otra dimensión cercana. La estampa grotesca que muestra mi ventana es de pies bajo los que vuelve a temblar el suelo con cada latir de las manecillas de un reloj. Música difusa, ruido sino música depende de para qué oídos, rellena cual pavo toda estancia donde me encuentro de regreso a la rutina.
Bicicletas, coches, pasos, motores y manos descalzas con sed y hambre. Es el mismo bodegón español al óleo, apetitoso y a su vez envuelto en luces y sombras, llenas y ausentes de vida.
Aún me quedas tu. El dedo acusador divino regalándome un halo de oxígeno animado que transpira cada uno de mis poros.
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Relato corto
miércoles 14 de octubre de 2009
Postmodernidad
Encontrar la paz entre la morralla religiosa de esta estirpe fundamentalmente humana, constituye un prodigio. Conquistar una idea y materializarla ya es algo cotidiano, aunque en ocasiones frustrante al moldearse en forma de criatura alienígena. Soy sencillamente, un designio fallido de la mente turbada de uno de tus congéneres. De carne de gimnasio y ocio rosa, dos características perjudiciales sin duda para el riego sanguíneo. Eso sin hablar del catálogo idiosincrático del que me he compuesto en el transcurrir de mis cortos años a través de cada una de mis edades vividas. Alcanzando ya ―albergo conjeturas sobre esto que examinaré más adelante― la senectud, soy consciente de mis delirios e improperios, propios de quien está cansado de la constante lógica matemática que rige cada acto y sus derivados de la leche.
Se trata de desempeñar una labor trascendental para la sociedad harto aburrida de lo cotidiano. Y contradigo a quien afirme la injusticia del libre albedrío. Yo soy ese bicho ovino extraño y opaco que se aventura a escapar de la manada, un quiste paralelo, una errata, un punto a parte de la pulcra masa incuestionable… asumo altruístamente dicho rol imprescindible; sencillamente porque me la pela y sé de la flaqueza de los débiles y de su búsqueda obsesiva de un chivo expiatorio diana de las miradas que les subyugan. Allá ellos, pauperrísimos abochornados.
Voy sobreviviendo con mi vergüenza rota y el pensamiento insano, acompañada por otros cuantos inconscientes solitarios de esta breve estepa abocados a sabiendas hacia la incomprensión, con experiencias únicas en el petate. Me pregunto si no seremos genios de otra época desubicados, esperpentos vagamente descritos, en vez de freaks descasillados.
Supongo que la vida no se mide por el tiempo que la convalezcas sino por la capacidad personal de cada Ser para exprimirla. Tengo menos de dos décadas y paso desapercibida sin ningún sentimiento de pertenencia, ni rasgo identificativo, ni cultura común al resto. Ni unté Nocilla ni soy una pieza de cualquier nueva generacioncilla. Finalmente seré un grumo de Colacao insoluble a la deriva entre el gentío pasteurizado.
Se trata de desempeñar una labor trascendental para la sociedad harto aburrida de lo cotidiano. Y contradigo a quien afirme la injusticia del libre albedrío. Yo soy ese bicho ovino extraño y opaco que se aventura a escapar de la manada, un quiste paralelo, una errata, un punto a parte de la pulcra masa incuestionable… asumo altruístamente dicho rol imprescindible; sencillamente porque me la pela y sé de la flaqueza de los débiles y de su búsqueda obsesiva de un chivo expiatorio diana de las miradas que les subyugan. Allá ellos, pauperrísimos abochornados.
Voy sobreviviendo con mi vergüenza rota y el pensamiento insano, acompañada por otros cuantos inconscientes solitarios de esta breve estepa abocados a sabiendas hacia la incomprensión, con experiencias únicas en el petate. Me pregunto si no seremos genios de otra época desubicados, esperpentos vagamente descritos, en vez de freaks descasillados.
Supongo que la vida no se mide por el tiempo que la convalezcas sino por la capacidad personal de cada Ser para exprimirla. Tengo menos de dos décadas y paso desapercibida sin ningún sentimiento de pertenencia, ni rasgo identificativo, ni cultura común al resto. Ni unté Nocilla ni soy una pieza de cualquier nueva generacioncilla. Finalmente seré un grumo de Colacao insoluble a la deriva entre el gentío pasteurizado.
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Crítica
sábado 10 de octubre de 2009
Elipsis
A medida que abrimos paso al camino de palabras de este relato, mutilamos cada una de ellas para obtener su esencia, aún a riesgo de que sus perfumes puedan embriagar el espíritu y resultar tediosamente alambicado. Pero deja reposar la explosión epatante de fragancias, detente e inclínate de nuevo a aspirar su aroma… ―A veces la flor más hermosa se erige en medio de la mierda como un rascacielos.
Retrocedí unos cuantos pasos y contemplé la variedad de tonalidades de las venas de la mesa que hacían filigranas por su superficie, uniéndose y distanciándose en caminos paralelos. Vislumbré a mí alrededor una masa de oxígeno espesa que se mecía recreando el viento, y no me facilitaba el movimiento sin ejercer un esfuerzo contra ésta. Era un pesado silencio abismal insondable donde enmudecía el ruido y gritaban los fonemas prisioneros. No podía hallar huella de presencia en esta dimensión deshabitada.
Solemos tener que deshacernos de esperanzas vanas que recurren apelando a nuestra benevolencia. La idea de que esto podría ser fruto de mi imaginación se esfumó cual amor estival cochino. Me delaté batiendo los labios para pronunciar un pensamiento íntimamente obsceno, cuando me percataba de que no produje sonido alguno― ¡Coño…!―, y todas y cada una de sus entonaciones quedaron escondidas en mi garganta.
No tuve que tentar una vez más a la fortuna para ser consciente de que no cabía lugar a ningún indicio de vida cercano. Ni un pájaro cantor ni una mosca cojonera se sentía por sendas ruinas de ladrillo que conformaban aquel poblado. Aventurándome a asomar libremente por las calles, temerosa salí en estampida al encuentro de la soledad. Suave me recibió bajo el sol que hizo transpirar mis axilas ectoplásmicas, regalándome una paz soñolienta y espumeante que me tiró rendida sobre una acera. También ahogó mis sollozos estremecidos.
Al desperezarme, noté como la hosca superficie amortiguaba mi cuerpo con todos sus codos, talones y rodillas hundiéndose como si fueran de mantequilla en el suelo. El cemento áspero recibió mi mejilla como un molde del que huía cualquier grumo rocoso. Tanto era así, que desperté sin poner en duda la veracidad de aquellas desconocidas circunstancias, tras un descanso reconstituyente de mi alma. Me incorporé sobre el bordillo azafrán para examinar ese nuevo extraño aspecto y consistencia que había tomado mi exterior. Sin separarlas, pude inmiscuir la cabeza entre mis rodillas y plegarme sobre mí misma sin ningún esfuerzo. También probé a alargar el brazo hasta mi espalda para probar si podía traspasar el estómago y asomar la mano por el abdomen. En esto me encontraba con que lo que yo sentía como mi anterior estructura no era tal, y lo que creían ser mis apéndices carnales se habían tornado sombras cristalinas enmarcadas por una delgada línea que delimitaba su silueta, diferenciándose del espectro ambiental que me acurrucaba.
Exploré el yacimiento como si quisiese posterizarlo en mi memoria a la vez que, cientos de descargas eléctricas inquietas colapsaban la central encefálica cristalina. Una de ellas, vagamente se posó en el verde tallo de la curiosidad implantándole una idea. Teledirigida me conduje hasta una superficie traslúcida que me mostrase la imagen de mí misma, intrigada asomé lentamente por el cristal del escaparate de un concesionario. Bajo el fulgor de la masa taciturna apareció una vibración acuosa vertical indefinida irrumpiendo en el cobrizo espacio, que emitía una energía calma en contraste con la turba que lo inundaba todo. Agité las extremidades ridículamente amagando un saludo hacía mí misma, y la onda albuminoide se hizo un poco más grande, como cuando una piedra choca contra un charco. Experimenté un rato más con mi supuesto reflejo, tras esto, fui de nuevo a casa.
Retrocedí unos cuantos pasos y contemplé la variedad de tonalidades de las venas de la mesa que hacían filigranas por su superficie, uniéndose y distanciándose en caminos paralelos. Vislumbré a mí alrededor una masa de oxígeno espesa que se mecía recreando el viento, y no me facilitaba el movimiento sin ejercer un esfuerzo contra ésta. Era un pesado silencio abismal insondable donde enmudecía el ruido y gritaban los fonemas prisioneros. No podía hallar huella de presencia en esta dimensión deshabitada.
Solemos tener que deshacernos de esperanzas vanas que recurren apelando a nuestra benevolencia. La idea de que esto podría ser fruto de mi imaginación se esfumó cual amor estival cochino. Me delaté batiendo los labios para pronunciar un pensamiento íntimamente obsceno, cuando me percataba de que no produje sonido alguno― ¡Coño…!―, y todas y cada una de sus entonaciones quedaron escondidas en mi garganta.
No tuve que tentar una vez más a la fortuna para ser consciente de que no cabía lugar a ningún indicio de vida cercano. Ni un pájaro cantor ni una mosca cojonera se sentía por sendas ruinas de ladrillo que conformaban aquel poblado. Aventurándome a asomar libremente por las calles, temerosa salí en estampida al encuentro de la soledad. Suave me recibió bajo el sol que hizo transpirar mis axilas ectoplásmicas, regalándome una paz soñolienta y espumeante que me tiró rendida sobre una acera. También ahogó mis sollozos estremecidos.
Al desperezarme, noté como la hosca superficie amortiguaba mi cuerpo con todos sus codos, talones y rodillas hundiéndose como si fueran de mantequilla en el suelo. El cemento áspero recibió mi mejilla como un molde del que huía cualquier grumo rocoso. Tanto era así, que desperté sin poner en duda la veracidad de aquellas desconocidas circunstancias, tras un descanso reconstituyente de mi alma. Me incorporé sobre el bordillo azafrán para examinar ese nuevo extraño aspecto y consistencia que había tomado mi exterior. Sin separarlas, pude inmiscuir la cabeza entre mis rodillas y plegarme sobre mí misma sin ningún esfuerzo. También probé a alargar el brazo hasta mi espalda para probar si podía traspasar el estómago y asomar la mano por el abdomen. En esto me encontraba con que lo que yo sentía como mi anterior estructura no era tal, y lo que creían ser mis apéndices carnales se habían tornado sombras cristalinas enmarcadas por una delgada línea que delimitaba su silueta, diferenciándose del espectro ambiental que me acurrucaba.
Exploré el yacimiento como si quisiese posterizarlo en mi memoria a la vez que, cientos de descargas eléctricas inquietas colapsaban la central encefálica cristalina. Una de ellas, vagamente se posó en el verde tallo de la curiosidad implantándole una idea. Teledirigida me conduje hasta una superficie traslúcida que me mostrase la imagen de mí misma, intrigada asomé lentamente por el cristal del escaparate de un concesionario. Bajo el fulgor de la masa taciturna apareció una vibración acuosa vertical indefinida irrumpiendo en el cobrizo espacio, que emitía una energía calma en contraste con la turba que lo inundaba todo. Agité las extremidades ridículamente amagando un saludo hacía mí misma, y la onda albuminoide se hizo un poco más grande, como cuando una piedra choca contra un charco. Experimenté un rato más con mi supuesto reflejo, tras esto, fui de nuevo a casa.
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Subnormal
Qui
Avanzaba invocando el trecho que me distanciaba del punto de encuentro, localizado con un grabado en alguna zona de mi corteza cerebral. Una parte de mí se resistía al regreso a mi estado natural, en el que la dicha no había sido una de las máximas en la historia de Yo. Iba acostumbrándome a aquello.
En un momento dado me paré a inmiscuirme por los caminos asfaltados que se bifurcaban, paralelos unos a otros, de la dirección establecida. Después de todo no me impresionó encontrarlos carentes de vehículos, bicicletas, peatones, ruido e impersonalidad. Me llevaban paseando hasta el núcleo duro de la localidad, puesto que la familiaridad de sus rincones me atraía sin razón aparente como por obra de magnetismo. Pude oler las baldosas por las que cada día pisaban miles de seres rutinarios, sobar las vigas de mármol rodado que sostenían los chaflanes de algunos edificios emblemáticos, tumbarme en el carril pedregoso, arrope de neumáticos… Pernoctar en la iglesia, absorbente.
Por fin, tomé la determinación de encauzarme diligentemente al lugar de partida de toda esta odisea. Durante la fastidiosa caminata sopesé infinidad de hipótesis acerca de lo que ocurriría cuando penetrase la fisura. Noté una irradiación de zumbidos masivos que se dirigían a sendas sienes provenientes de una anisotropía lejana. No pude descifrar el mensaje del que vino precedido aquel estrépito, ni tuve tiempo de reacción ante un coloso violáceo que colisionó en la zona este de la urbe. Instintivamente salí despedida a guarecerme en mi propia dimensión, con la sensación de estar ahogándome por la presión que una repentina punzada en el esternón me producía. Bajando las escaleras resbalé y me desplomé levemente abajo como una pluma, retomando el sprint hasta la meta en cuanto me abatí contra el suelo. En un último esfuerzo contuve el aliento y abalanzándome, franquee el fragmento de pared luminoso.
Salí a flote con un pitido desagradable acuchillando mis oídos, mecida por un oleaje angustioso y asfixiante, seca y salada por el sudor. También noté mi propio peso tirándome de los pies, reteniéndome, atraído por alguna fuerza invisible. La temperatura se dividía en azotes de frío y calor, castigando la piel que se defendía exhibiendo sus púas, constriñendo rosadas zonas y dándose un halo mortecino. Pasé un rato más en aquella cápsula de aclimatación, y no se me quitaba de la cabeza la sensación de haberme levantado de golpe.
-Alicia, ¡o subes ya o no comes!...
Los ecos de esa voz amarga me eran familiares; entreabrí los ojos y lo primero que vi fue un bolígrafo de tinta azul yacente entre las arrugas de mi mano. Después oigo los agudos lamentos de guerra del neón fluorescente luchando contra el silencio, por encima de mi cabeza reclinada sobre el papel de tajantes límites que siguen las yemas de mis dedos de la mano izquierda. Siento la tristeza profunda de la vida, del pensamiento en mí como yo, punto negro contra las ásperas paredes encaladas.
Puede que esta esquizofrenia invisible termine por conquistar lo poco que resta de mi cordura, en sueños.
En un momento dado me paré a inmiscuirme por los caminos asfaltados que se bifurcaban, paralelos unos a otros, de la dirección establecida. Después de todo no me impresionó encontrarlos carentes de vehículos, bicicletas, peatones, ruido e impersonalidad. Me llevaban paseando hasta el núcleo duro de la localidad, puesto que la familiaridad de sus rincones me atraía sin razón aparente como por obra de magnetismo. Pude oler las baldosas por las que cada día pisaban miles de seres rutinarios, sobar las vigas de mármol rodado que sostenían los chaflanes de algunos edificios emblemáticos, tumbarme en el carril pedregoso, arrope de neumáticos… Pernoctar en la iglesia, absorbente.
Por fin, tomé la determinación de encauzarme diligentemente al lugar de partida de toda esta odisea. Durante la fastidiosa caminata sopesé infinidad de hipótesis acerca de lo que ocurriría cuando penetrase la fisura. Noté una irradiación de zumbidos masivos que se dirigían a sendas sienes provenientes de una anisotropía lejana. No pude descifrar el mensaje del que vino precedido aquel estrépito, ni tuve tiempo de reacción ante un coloso violáceo que colisionó en la zona este de la urbe. Instintivamente salí despedida a guarecerme en mi propia dimensión, con la sensación de estar ahogándome por la presión que una repentina punzada en el esternón me producía. Bajando las escaleras resbalé y me desplomé levemente abajo como una pluma, retomando el sprint hasta la meta en cuanto me abatí contra el suelo. En un último esfuerzo contuve el aliento y abalanzándome, franquee el fragmento de pared luminoso.
Salí a flote con un pitido desagradable acuchillando mis oídos, mecida por un oleaje angustioso y asfixiante, seca y salada por el sudor. También noté mi propio peso tirándome de los pies, reteniéndome, atraído por alguna fuerza invisible. La temperatura se dividía en azotes de frío y calor, castigando la piel que se defendía exhibiendo sus púas, constriñendo rosadas zonas y dándose un halo mortecino. Pasé un rato más en aquella cápsula de aclimatación, y no se me quitaba de la cabeza la sensación de haberme levantado de golpe.
-Alicia, ¡o subes ya o no comes!...
Los ecos de esa voz amarga me eran familiares; entreabrí los ojos y lo primero que vi fue un bolígrafo de tinta azul yacente entre las arrugas de mi mano. Después oigo los agudos lamentos de guerra del neón fluorescente luchando contra el silencio, por encima de mi cabeza reclinada sobre el papel de tajantes límites que siguen las yemas de mis dedos de la mano izquierda. Siento la tristeza profunda de la vida, del pensamiento en mí como yo, punto negro contra las ásperas paredes encaladas.
Puede que esta esquizofrenia invisible termine por conquistar lo poco que resta de mi cordura, en sueños.
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Subnormal
Sótano
En el presente me instigo a escribir, más rápido, más fuerte, mejor. Tomo asiento en el somier sobre el que reposa un colchón roñoso y que siempre recibe mi reposo con un murmullo de chirridos.
Aunque a menudo, éste desaparece a otra estancia por motivos fortuitos y mi labor queda renegada a un amasijo de muelles vencidos enfundados en un estampado azul en el suelo, que huele a reúma. Además si asumías el riesgo de desviar la mirada del texto, tomando una panorámica, podías encontrar estanterías con libros, juguetes, revistas, material informático en desuso, folios roídos, sillas, sillones, un ventilador…; e incluso allí en una esquina junto a una lámpara de mercadillo, dos arañas quietas sobre el vacío a la espera de alguna suculenta presa. Inconscientemente me imaginaba envuelta en su sedosa tela cociéndome en mi jugo, para más tarde ser devorada entre sus pinzas. Es incomprensible cómo me atormentaba aquella visual y al unísono, me recreaba en tal desamparo.
Pero aún así no cabe imaginar otro lugar que inspire más al espíritu, abandonado a la soledad para examinarse a sí mismo. Ni el silencio de los vecinos era tan perturbador cómo el abrirse paso por un universo de criaturas ocultas, grutas sombrías y pasos mudos. Sí, me siguen conmoviendo esos zapatos autómatas que suelen venir de paso a saludar por el trozo de ventana que quedaba al descubierto en la insuficiencia de una bolsa de basura a modo de cortina. Al trasportarme a ese mundo paralelo, del que no hace mucho descubrí el portal que daba a aquel zulo, el regreso se me antojaba cálido. Por poner un ejemplo: los pies calzados eran trenes desnudos de sus vías, que puntualmente recorrían su recorrido, saliendo de un túnel.
Voy a contar cómo en una inspección rutinaria, avisté una centella tras una cuna recompuesta en función de mesa, sustento de un gramófono empolvado. Y dicho rayo, puedo afirmar que no es una metáfora de la esperanza.
Al dirigir allá la mirada, sólo tenía que volver lentamente sobre mi lado izquierdo al resto del cuerpo, exhausta ante la expectación de mis sentidos. Un haz de agujas doradas traspasaba la realidad produciendo un temor helado y el rechinar de la materia que componía cada átomo, como dilatar los eslabones de una cadena herrumbrosa que hubiese estallado en uno de sus cabos. El aire alrededor temblaba al igual que el asfalto en un mediodía de verano.
Continúo mi relato sin mirar atrás para no evocar una vez más ese simposio de añoranzas que ya no me dan más que nostalgia. Constantemente me pregunto por qué soy objeto de los castigos más yermos; con papel muerto en la memoria, idilios burocráticos, y tristezas latentes. La mayor colmanza de paciencia que puede saturar la mente humana se hizo nimia ante las ya mencionadas circunstancias, con las que cualquiera tiene―más temprano que tarde―que lidiar para tratar de alcanzar la meta del mañana. La fortuna de quien esto consigue es experimentar el alivio de verse liberado de cada pesar una vez atrapa su objetivo y cruza el umbral de una fase. No es el caso.
Escudada tras un valor empeñado del que sólo disponía para especular, me entregué a la materialización visual del éxtasis de Santa Teresa. Juro que la temeridad no me facultó para tocarme y cubrir mi piel con mis huesos. Entré en contacto con el vacío, que tomó de licencia la caricia de mis dedos para absorberme.
-Esta niña no se ha llevado dos tortas a tiempo por ser una payasa y ya está… Que dime gorda, ¿qué me estabas diciendo?—a lo lejos oía los murmullos amables entre conversaciones absurdas que habían pertenecido a mi vida descarnada, y aún podía sentir el escozor de las heridas besando la tela cómplice. Me estaba diluyendo a velocidad luz.
Paulatinamente desenmarañé las pestañas, dilaté cada intersticio y recoveco epidérmico, hinché las membranas de los pulmones a punto de estallar en mi pecho junto a las válvulas cardiacas atascadas de sangre, desarrugué las arrugas y desperté cada papila. Mis cueros expuestos a la claridad aparecieron―o eso pienso, porque no me vi― bajo la misma luz mortecina del aposento en el que reconstruía estar. Acuclillada frente a la estrella terrenal, supe que algo había cambiado.
Aunque a menudo, éste desaparece a otra estancia por motivos fortuitos y mi labor queda renegada a un amasijo de muelles vencidos enfundados en un estampado azul en el suelo, que huele a reúma. Además si asumías el riesgo de desviar la mirada del texto, tomando una panorámica, podías encontrar estanterías con libros, juguetes, revistas, material informático en desuso, folios roídos, sillas, sillones, un ventilador…; e incluso allí en una esquina junto a una lámpara de mercadillo, dos arañas quietas sobre el vacío a la espera de alguna suculenta presa. Inconscientemente me imaginaba envuelta en su sedosa tela cociéndome en mi jugo, para más tarde ser devorada entre sus pinzas. Es incomprensible cómo me atormentaba aquella visual y al unísono, me recreaba en tal desamparo.
Pero aún así no cabe imaginar otro lugar que inspire más al espíritu, abandonado a la soledad para examinarse a sí mismo. Ni el silencio de los vecinos era tan perturbador cómo el abrirse paso por un universo de criaturas ocultas, grutas sombrías y pasos mudos. Sí, me siguen conmoviendo esos zapatos autómatas que suelen venir de paso a saludar por el trozo de ventana que quedaba al descubierto en la insuficiencia de una bolsa de basura a modo de cortina. Al trasportarme a ese mundo paralelo, del que no hace mucho descubrí el portal que daba a aquel zulo, el regreso se me antojaba cálido. Por poner un ejemplo: los pies calzados eran trenes desnudos de sus vías, que puntualmente recorrían su recorrido, saliendo de un túnel.
Voy a contar cómo en una inspección rutinaria, avisté una centella tras una cuna recompuesta en función de mesa, sustento de un gramófono empolvado. Y dicho rayo, puedo afirmar que no es una metáfora de la esperanza.
Al dirigir allá la mirada, sólo tenía que volver lentamente sobre mi lado izquierdo al resto del cuerpo, exhausta ante la expectación de mis sentidos. Un haz de agujas doradas traspasaba la realidad produciendo un temor helado y el rechinar de la materia que componía cada átomo, como dilatar los eslabones de una cadena herrumbrosa que hubiese estallado en uno de sus cabos. El aire alrededor temblaba al igual que el asfalto en un mediodía de verano.
Continúo mi relato sin mirar atrás para no evocar una vez más ese simposio de añoranzas que ya no me dan más que nostalgia. Constantemente me pregunto por qué soy objeto de los castigos más yermos; con papel muerto en la memoria, idilios burocráticos, y tristezas latentes. La mayor colmanza de paciencia que puede saturar la mente humana se hizo nimia ante las ya mencionadas circunstancias, con las que cualquiera tiene―más temprano que tarde―que lidiar para tratar de alcanzar la meta del mañana. La fortuna de quien esto consigue es experimentar el alivio de verse liberado de cada pesar una vez atrapa su objetivo y cruza el umbral de una fase. No es el caso.
Escudada tras un valor empeñado del que sólo disponía para especular, me entregué a la materialización visual del éxtasis de Santa Teresa. Juro que la temeridad no me facultó para tocarme y cubrir mi piel con mis huesos. Entré en contacto con el vacío, que tomó de licencia la caricia de mis dedos para absorberme.
-Esta niña no se ha llevado dos tortas a tiempo por ser una payasa y ya está… Que dime gorda, ¿qué me estabas diciendo?—a lo lejos oía los murmullos amables entre conversaciones absurdas que habían pertenecido a mi vida descarnada, y aún podía sentir el escozor de las heridas besando la tela cómplice. Me estaba diluyendo a velocidad luz.
Paulatinamente desenmarañé las pestañas, dilaté cada intersticio y recoveco epidérmico, hinché las membranas de los pulmones a punto de estallar en mi pecho junto a las válvulas cardiacas atascadas de sangre, desarrugué las arrugas y desperté cada papila. Mis cueros expuestos a la claridad aparecieron―o eso pienso, porque no me vi― bajo la misma luz mortecina del aposento en el que reconstruía estar. Acuclillada frente a la estrella terrenal, supe que algo había cambiado.
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Subnormal
Cadejo gris
De barroquismo se tiñen los versos que en mis besos disueltos traga. Lame la boca que le mama su leche, su mierda, su saliva agria. Emana secreciones que arroja al plato que rebaña. Caronte era un engendro o un prodigio de la naturaleza estrafalaria, según se mire. Grotesca tez oculta bajo su túnica ajada, repleta de bastos remiendos a través de los cuales podía escurrirse mi dedo intrépido.
Torcidos peldaños tiznados, conformaban la caja por la que escupía su voz jonda contra los cráneos. Taladraba el cartílago y perforaba ligamentos sin no querer hacerlo, a modo de entretenimiento. Sus ojos eran las cuencas de Platero.
Bajo su funda de guitarra beige y unos cuantos huesos, se intuyen las vísceras sangrantes que le permiten la vida, suplicantes de agonía al verse latir aventurando fatalidad. Aprensivo, temía sufrir el miedo de alejarse demasiado del seno de su letargo. Continuamente perdía el cabo para el Laberinto del Minotauro entre sus manos…
Caronte acopló su petate un día en mi alma y allí se quedó incubando un cáncer lánguido.
Mientras, Hansel corre aprisa bajo el sol tensando sus músculos rollizos en busca del espectro de una hormiga. Aquella inocente faz ávida de suelo, deseaba experimentar intrépida el conocimiento. Cabellos oleosos se esparcen por el viento, tanto que puede parecer un ardid pirotécnico de múltiples estelas encendidas que escriben en el cielo un poema de Neruda.
Habla más lenguas que las de fuego y otras muchas que se inventa, a riesgo de ser interpretado. Sentado al filo de los acantilados, canta aullando a su estrella cuando trae consigo obsequios de luz y con temeridad, absorto contempla. Inmediatamente estrecha un puño de arena hasta sus labios y lo chupa como un craso caramelo…
Sus delicados rasgos reflejan el placer de masticar la realidad cruda.
Torcidos peldaños tiznados, conformaban la caja por la que escupía su voz jonda contra los cráneos. Taladraba el cartílago y perforaba ligamentos sin no querer hacerlo, a modo de entretenimiento. Sus ojos eran las cuencas de Platero.
Bajo su funda de guitarra beige y unos cuantos huesos, se intuyen las vísceras sangrantes que le permiten la vida, suplicantes de agonía al verse latir aventurando fatalidad. Aprensivo, temía sufrir el miedo de alejarse demasiado del seno de su letargo. Continuamente perdía el cabo para el Laberinto del Minotauro entre sus manos…
Caronte acopló su petate un día en mi alma y allí se quedó incubando un cáncer lánguido.
Mientras, Hansel corre aprisa bajo el sol tensando sus músculos rollizos en busca del espectro de una hormiga. Aquella inocente faz ávida de suelo, deseaba experimentar intrépida el conocimiento. Cabellos oleosos se esparcen por el viento, tanto que puede parecer un ardid pirotécnico de múltiples estelas encendidas que escriben en el cielo un poema de Neruda.
Habla más lenguas que las de fuego y otras muchas que se inventa, a riesgo de ser interpretado. Sentado al filo de los acantilados, canta aullando a su estrella cuando trae consigo obsequios de luz y con temeridad, absorto contempla. Inmediatamente estrecha un puño de arena hasta sus labios y lo chupa como un craso caramelo…
Sus delicados rasgos reflejan el placer de masticar la realidad cruda.
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Relato
Metamorfosis abortada
Tomaste mi corazón indefenso entre tus dientes y lo exprimiste con tu boca, para que sus latidos se derramasen por tu sangre y corrieses por mis venas. Quisiera comprender cómo me siento así, cuando fue exactamente el instante en el que mi mundo se revolvió del envés y me quedé otra vez allí con una vida trastocada, del revés y sin rumbo fijo. Supuse que ya te habías marchado y que no ibas a volver más. La luz se sumió en oscuridad impenetrable, donde iniciaría el viaje hacia ninguna parte mientras divagaba por el océano de la sin razón… eres mi Caronte.
Echando la vista atrás, puedo recordar que bajo los minerales dorados de mis ojos se gestaban dos larvas líquidas, que emprendían el vuelo de la libertad desde su crisálida cardiovascular. Las expulsaron los ecos de mi conciencia y el silencio de los latidos. Paseó el tiempo por las comisuras de mis labios tejiendo una red de acero, cada uno de mis orificios exhumó podredumbre, y envuelta en la roña dérmica fui una peregrinación de lágrimas cálcicas.
Grietas cegadoras forzaron a descubrirse mis pupilas y la cáscara eclosionó cayendo sobre mí. Aún hay ruinas. Aquello que creí esperanza me sedujo atrayéndome furtiva como un cementerio de neón atascado de transparentes membranas aladas. Llevaba acechando mi refugio desde siempre, pero me escondí tras la ignorancia, fruto de la inocencia truncada.
De pie, sobre el vacío resistiré hasta serme conocido. Cuánta distancia le he tomado a la muerte promiscua masturbándome con su deseo, con lo que disipé el temor ―Agárrate, sostente a mi cuerpo aferrado al recuerdo de un sueño difuso del que desperté.― No existe ley gravitatoria que no permita la presencia del concepto “levitar” en el universo.
El retorno fue amargo como la acidez de estómago atragantada. Aunque supo parco al mirar y no hallar y ver, observar; percibir el silencio de las almas. La tierra no era firme donde encalló mi maltrecha barca, el sustento de los escuálidos ramajes se antojaba pegajoso al tacto a la vez que deshidratado por un bochorno sofocante. Imagen ciega, propia de un desierto pantanoso.
Avancé sospechando tu fantasma esquivo. Vagaba, arrastrándose en el viento y arañando el espacio, pero ni rastro del tiempo que nos contemplaba intacto. A veces me traspasaba, susurrándome un halo de palabras en la nuca que se evaporaban fétidas al aire. Las náuseas trajeron consigo una situación de desánimo mejor. Ahora impasible, veía sucederse mis pasos volátiles por una senda sin camino, y una calzada sin cuneta, vadeando las aristas virulentas de criptonita. Siquiera una icónica guadaña señalizaba el trágico desenlace que aguardaba en tu entelequia mohosa...
-Te pudrirás en tu propia mierda y la felicidad te será solo un espejismo que me refleje. Muriendo sin morir te alimentarás de las sobras del pasado y con los restos de lo que fuimos seguirás vagando, pagando por todo el daño que consume tu conciencia. Las sonrisas te sabrán amargas y así olvidarás la pena, que será lo único que te sostenga. No sentirás más allá del calor y el frío, y cualquier sabor estará vacío sin mí. Porque la alegría no tiene sentido sin la tristeza, y tú perdiste tu razón de ser junto conmigo. Aún te deseo que te vaya bien.
La ya inmutable descripción de mi psique comprende una ristra sinonímica de “locura”… en la que no soy más que una mariposa inerte en su capullo
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